martes, 16 de octubre de 2012

Los cromos de Nestlé I


Este verano han vuelto a mis manos estos dos volúmenes de los cromos de Nestlé, que con el título de Las Maravillas del Universo casi todos coleccionamos en nuestra infancia y primera juventud…. Y los he recuperado gracias a mi hermano, que todo este tiempo los ha conservado con cariño.

Como podéis ver no están impolutos, ni siquiera, como se diría en el argot de los automóviles, están “seminuevos”. Están usados y muy usados. En ellos se nota el paso del tiempo, no solo en los dibujos de los cromos, sino también en las pastas y en algún que otro “desencuaderne” mal remendado. No importa.

Están completos, es decir no les falta un solo cromo. Entre los dos tomos, son 48 temas que razón de 11 cromos, hacen la friolera de 528 cromos. Y en cada tema hay 1 o 2 cromos dobles, esto es los grandes. ¡Cuanto chocolate debimos comer para poder completarlos!

Y menos mal que en nuestras familias se valoraba la calidad del chocolate, que sin duda engullíamos con la avidez de un “carpanta”, y con el interés añadido de los cromos, (aparecían en “Chocolate con leche”, “Familiar Superior”, “Fondant”, “Bombones”, etc.) aunque según reza el párrafo final de cada volumen “los cromos son una gentileza…, y nada más.

Al volver a pasar cuidadosamente sus páginas he regresado a esa etapa de nuestra vida en la que se nos empezaron a formar los delicados instintos del orden, el coleccionismo, el cariño a la naturaleza, la cultura en general, la aventura, la curiosidad científica…. Y efectivamente he experimentado el placer que se auguraba proféticamente en la presentación del primer tomo: “Guarden los jóvenes este nuevo álbum y coleccionen sus cromos, como alarde de refinado buen gusto y de selecta cultura que en años venideros les recordará las más sanas ilusiones de los felices días de su juventud”.

Lógicamente he vuelto al cambio de cromos con los compañeros, al “sile, sile, nole”, repetido hasta la saciedad mientras veíamos pasar, raudos, de una mano a otra los cromos “repes” de nuestro amigo. O cuando ya teníamos casi completo el álbum, comprobar que a todos nos faltaban los mismos cromos…. Pues no solo había cromos difíciles (aquellos que raramente aparecían), sino que también los había “imposibles de encontrar”. Menos mal que los de Nestlé eran “decentes” y en lugar de fomentar hasta la extenuación el consumo de chocolate para intentar encontrarlos, nos facilitaban una posibilidad de obtenerlos mediante canje. No como el que hacíamos entre nosotros, que normalmente era paritario, sino que comportaba una “cierta usura”…. Según un documento que a pesar del tiempo transcurrido aún estaba entre las páginas del segundo volumen, podías “entregar 10 cromos pequeños, iguales o diferentes, en perfecto estado y limpios, para obtener un cromo pequeño, o entregar 5 cromos grandes para conseguir un cromo grande”. Así podías completar la colección. Y esto lo podías hacer acudiendo en persona a la delegación de la localidad, (en Madrid estaba en la calle Luchana), o por correspondencia, eso sí, adjuntando un sobre dirigido a tus señas personales, debidamente franqueado, con un sello de correos de 80 cts..

Lo que no he conseguido recordar es el objeto, si es que lo tenía, de llevar a “sellar el álbum”. En mi caso el primer volumen tiene un sello de Comercial Nestlé, y el segundo volumen tiene selladas las dos casillas. Si alguno recuerda para que servían le agradeceré lo comente.

El primer tomo de Las Maravillas del Universo es de 1953, cuando estábamos en el Parvulario, y tiene el nº de álbum 130.093. El segundo es de 1957, cuando iniciábamos el Instituto, y su número de álbum es el 346.662, lo que al menos nos da una idea de la amplia difusión que tuvo la colección. Entre los dos volúmenes, se recogen 48 temas, algunos de ellos firmados por autores ampliamente reconocidos, entre los que he podido destacar al Comandante Cousteau, el profesor Piccard, o el Dr. Hubble. Posiblemente las restantes contribuciones también sean de divulgadores igualmente importantes, pero en mi ignorancia no les he sabido adjudicar su valía.

Lo que me ha sorprendido, gratamente, es que mi memoria no había “perdido” bastantes de los cromos y que además recordaba muchos de los temas. Mérito para los diseñadores de los álbumes, que trasladaron a “los cromos” muchos contenidos, en manifiesta sincronía con los gustos de la juventud de aquella época, relativos a la naturaleza (botánica, zoología, astronomía, geología, meteorología,…), u otros, de índole divulgativo, que recogían los últimos avances en cuanto a la ciencia y la técnica (el átomo, la telefonía, la aviación, los rayos X, la televisión….), que estoy convencido enardecieron la imaginación de muchos de nosotros y hasta pudieron servir de incentivo a nuestra posterior elección profesional.

En cualquier caso los cromos de Nestlé, constituyen uno de mis recuerdos de aquella época, y celebro que Juan Rosas  también los haya mencionado en La vida no fue, es….. Es por eso por lo que me he puesto manos a la obra y armado de escaner y algo de paciencia, he sacado copia de todas las páginas de estos dos volúmenes, y a pesar de su sabor añejo, los he colgado en el blog, para disfrute, espero, de todos.

En esta entrada incluyo las imágenes correspondientes al primer volumen, y en la entrada anterior las del segundo. Como son muchas páginas, si queréis verlas todas, habréis de darle al “mas información>>" que aparece debajo de la imagen de la portada….


 











































































Podeís ver que fue mi hermano, mayor que yo, el que puso a su nombre el álbum. El chocolate nos lo comíamos los dos....



Si aún tenéis ánimo para continuar, (Pulsar aquí), o abajo, en Entrada Antigua, para ver el tomo segundo.

Los cromos de Nestlé II


Y este es el segundo volumen de Las Maravillas del Universo, que es del año 1957, justo cuando empezábamos en el Instituto.

Son bastantes páginas, por lo que si en una primera instancia no se visualizan todas, habrá que darle al "más información>>" que aparece debajo de la portada.

 

miércoles, 18 de julio de 2012

“La Codorniz” y los chistes que nunca se publicaron

"La Codorniz" era el semanario de humor gráfico de nuestra ya lejana juventud, que haciendo bueno su eslogan "La revista más audaz para el lector más inteligente", supo con ironía y mucha imaginación, soslayar las aparentemente infranqueables barreras del régimen imperante, para abordar mediante chistes e historietas, la crítica social y política, nada fácil en aquellos tiempos.
Portada del primer número de “La Codorniz” (1941) 



Recordar es volver a vivir, y mejor si es con sentido del humor”, y es que haciendo un poco de memoria, quién no recuerda estos chistes, asociados casi siempre a famosas portadas, que con el marchamo de haber aparecido en “La Codorniz”, llegaban a nuestros oídos, con la siempre sana intención de hacernos ver que con humor se es capaz de sortear todas las "censuras":  
  • El parte meteorológico con el fresco de Galicia. Un dibujo en el que el hombre del tiempo delante de un mapa de la península dice algo así como “Un fresco general procedente de Galicia se ha adueñado de toda España…” o en otra variante de lo mismo “Reina en España, procedente de Galicia, un fresco general que domina toda España”, que según la tradición oral le acarreó, posteriormente a su publicación una retirada de ejemplares de los quioscos y una fuerte sanción a los editores. 
  • La pareja de enamorados en la playa. Un dibujo de una pareja acaramelada situada bajo un acantilado, sobre el que otro individuo sostiene un pedrusco en actitud amenazadora. El pie del dibujo expresa ¿Se la tirará o no se la tirará?”, y esta ordinariez tuvo bastante difusión en aquellos tiempos de represión sexual. Otra variante de lo mismo, situaba la acción en un parque, donde la pareja está sentada en un banco, bajo un frondoso arbusto en el que había un pajarillo, y un chiquillo con una piedra en la mano mira al pájaro. El pie del chiste es el mismo. Y por si no había quedado suficientemente claro, algunos indicaban que en el arbusto había un cartel con el rótulo “Follaje”. Unos atribuyen este dibujo a Chumy Chumez y otros a Herreros. 
  • Lo del yernísimo. En este caso el dibujo tenía el formato de un anuncio comercial, con un scooter, y el texto “Moto verde, la preferida del Marqués de Villavespa”, que en los ambientes pueblerinos, requería la explicación de que el yerno del dictador importaba en exclusiva esas motos. La difusión oral fue de tal calibre, que se afirma que a raíz de su publicación dos inspectores de policía, acatando órdenes de sus superiores, se personaron en la redacción de la revista para que les entregasen un ejemplar de la misma…. 
  • El cambio de nombre de la revista. Una semana apareció con el nombre trastocado a “Codorniz La”, para celebrar el cambio del orden en los apellidos del primer hijo varón del Marqués anterior, cosa que se había efectuado para perpetuar los apellidos del dictador.  
  • El de la gallina empollando. Es otro dibujo muy difundido. Una gallina en el nido, y con el siguiente texto al pie “Levanten la polla y verán los huevos”. Otra ordinariez que en su divulgación intentaba mostrar la escasa calidad de los censores…..  
  • La portada del túnel. Fueron muchos los que aseguraban conservar un ejemplar de la revista en la que la portada consistía en una locomotora de vapor poco antes de entrar en un oscuro túnel. Todas las páginas del interior estaban impresas en negro y en la contraportada se veía al tren saliendo ya del túnel. Este número se publicó el día de los Inocentes. 
  • La torre de Pisa. Es un dibujo aparecido en la portada, en el que se ve la torre de Pisa, y una estupenda señora en bañador, sin ningún texto aclaratorio. No se comprendía hasta caer en la cuenta que la torre no tenía ninguna inclinación ¡estaba completamente erecta!…. Esta portada se relataba como un claro ejemplo de habérsela colado a la censura. 
  • El del huevo de Colón. Es otra portada muy conocida y divulgada. Un gran huevo de gallina ocupaba buena parte de la portada; llevaba un pie “El huevo de Colón”, y debajo, en letras de menor tamaño “La semana que viene les mostraremos el otro”. 
  • El de bombín es a bombón. Al parecer este dibujo apareció a raíz de una multa seguida de amenaza de cierre. En el dibujo se ven unos encopetados señores, que comentan entre sí “Bombín es a bombón, como cojín es a X, y nos importan tres X que nos cierren la edición”. Es seguramente la más famosa de todas.
  
 
Pues bien, a pesar de que muchos aseguraban guardar celosamente ejemplares con las antes mencionadas historias, al parecer, y eso dicen los entendidos, su publicación en “La Codorniz” no es más que un bulo. Es más el dibujo que acompaño fue publicado en 1991 en la revista La Golondriz (editada por antiguos colaboradores de La Codorniz), para demostrar que ese chiste hasta entonces nunca había sido publicado.

De todas maneras La Codorniz fue la única revista que con humor gráfico abordaba, en aquellos tiempos, la crítica social e incluso política (dentro de lo que era posible). Y efectivamente el sobrepasar los límites que imponía la censura le valieron a sus editores bastantes multas, apercibimientos y suspensiones.

Es una lástima que en sus muchos años de edición (desde 1941 a 1978, y un total de 1898 números publicados) con unos colaboradores de tanto talento literario y gráfico, como Miguel Mihura (su fundador), Tono, Herreros, Alvaro de La Iglesia (que fue su director durante mucho tiempo), Edgar Neville, Fernández Florez, Gómez de la Serna, Noel Clarasó, Mingote, Chumy Chúmez, Goñi, Máximo, Gila, Serafín, Perich, Ops, Evaristo Acevedo, Pablo, Mena, Tip y Coll, Dátile, Forges, Cándido, Summers y tantos otros, que dieron vida a secciones de la revista tan leídas como La cárcel y la comisaría de papel, los chistes de Kalikatres sapientísimo, El damero maldito, ¿Está Vd. seguro?, Tiemble después de haber reído, La crítica de la vida, El Papelín general, El Diario Semanal, etc., …… lo que “quede” no sea lo mucho y bueno que publicó, sino estas falsas portadas, nunca publicadas, (y que no obstante muchos “recuerdan”, “aseguran haber visto” y hasta “conservan”) pero que bien podían haberlo sido. O incluso existen quienes asocian la aceptación popular de "La Codorniz" (fue el semanario de más éxito del siglo XX) a "ser una coartada del régimen” para alardear éste de una libertad de expresión que entonces no existía…. Mejor hubiera sido que los censores del régimen hubieran tenido sentido del humor…

 
Por cierto, que en “la comisaría de papel”, esa sección de "La Codorniz" dedicada a burradas diversas, erratas y fallos aparecidos en otros medios de comunicación, publicaron que en un periódico deportivo apareció un lunes el siguiente titular:
 “OSASUNA GANO POR LA MININA

 Así gana cualquiera......

lunes, 2 de julio de 2012

La “herencia de los libros de texto”


Los hermanos que “veníamos detrás”, nos pasamos casi todos los cursos (podría haber puesto todos, pero queda mejor casi todos, por no generalizar, sin haberlo comprobado exhaustivamente) con los libros “sobados y subrayados”, como dice JGJ, y si no llegaban a estar "churritosos", sí que los heredábamos bastante "trabajados" y pintarrajeados, y eso ¡desde el primer día del curso!. Una verdadera discriminación, sobre todo cuando veías a los compañeros con “todo el material” nuevo e inmaculado…...

Y los heredábamos, además, con los nombres puestos (los del hermano mayor, ¡claro!) en esa primera hoja tras la tapa (¿cual es la denominación adecuada de esa 3ª?), y para más “inri” el nombre y apellido estaba escrito a tinta (o a bolígrafo, que para el momento en que hicimos los cursos “superiores” a existía ese elemento para escribir, estando generalizado su uso o no), y para que oficialmente pasaran a ser de nuestra propiedad, había que tachar tanto el nombre como la letra del curso para poner los nuestros (en mi caso había que pasar del “C” al “A”, ya que era difícil de hacer esa transformación sin que se notase mucho). ¡Si al menos solo hubieran escrito el apellido...! Pero no, el nombre completo....  y en aquella época no existía el “tipex”. Si se intentaba borrar, (con aquellas gomas de borrar “mixtas”, -no recuerdo la marca-, esto es las que llevaban por una parte una zona blanca, más blanda, para lápiz- y por la otra una zona más oscura, dura y más rugosa, que decían servía para borrar “lo escrito a tinta”), decía un poco más arriba, que si se intentaba borrar lo de tinta, comenzaba poniéndose todo oscurecido (casi emborronado), para después empezar a salir unas, a modo de, pelotillas canijas de papel (procedentes más de la labor de “lijado” que del borrado), hasta que, si seguías, aparecía el temido desgarrón en la página……

Luego nos encontrábamos con otra dificultad. La de la lógica evolución de temarios, que no necesariamente estaba asociada a un cambio de plan de estudios o de estructura de la asignatura. En muchos casos se mantenía el nombre del libro, pero…¡entre la edición actual y las precedentes (en mi caso 4 cursos, una enormidad), no es que ni la historia, ni el latín, ni siquiera a literatura, hubieran cambiado, pero el autor se había dignado a introducir algunas “mejoras”, supongo que bienintencionadas, corrigiendo erratas o reflejando aclaraciones para hacer más comprensible la materia para nuestras delicadas mentes infantiles y juveniles, pero que a mí, ahora, desde la perspectiva del tiempo pasado, (y el colmillo retorcido que me queda después de la lucha profesional que llevo en la chepa), me parece que tenían la sana intención de hacer caja (y obtener así unos ingresos adicionales con los que incrementar la tradicionalmente escasa remuneración del profesorado).

Por tanto, los que éramos “pertinaces” en utilizar “voluntariamente” y contra toda recomendación, los libros heredados (valga esto también, para aquellos que dándose un paseo hasta los aledaños de la Gran Vía -por entonces Avenida de José Antonio-, se acercaban a La Felipa a conseguir el mismo libro, en edición anterior, a un precio “módico”, pero con similares “añadidos a tinta”, eso sí, no realizados por tu hermano…..), nos encontrábamos en la necesidad de revisar concienzuda y periódicamente los libros “nuevos” de los compañeros, para detectar cambios, que, con rapidez pasábamos al margen de la correspondiente página del nuestro (en caso de cambios menores), o que copiábamos con mucho cuidado y detalle en hoja aparte, caso de tratarse de un “añadido” de mayor cuantía….. Las erratas, solían corregirse, al ser detectadas, con tachón y sobreescritura, con lo que el libro quedaba aún más cochambroso. Y algunas veces, nos llevábamos la sorpresa de que la errata ¡ya estaba corregida por nuestro hermano mayor!. Bondad de los profesores que, en lugar de callárselo para “pillar” posteriormente a los que no hubiesen atendido en clase (solo por este motivo, ese tema hubiera sido candidato a salir en un examen), lo comunicaban en voz alta, indicando claramente lo que se debía corregir... ¡Benditos ellos!

Lo que más nos despistaba a los agraciados con “la herencia de libros” era cuando el libro, normalmente al final de cada capítulo, contenía ejercicios, y el profe con la buena intención de que practicásemos la materia, nos decía, ya al finalizar la clase: “para mañana los ejercicios 1 al 10 de este tema”. Eso significaba trabajo extra pues había que “decomisar temporalmente” el libro del compañero más cercano, convencerlo para que no saliera corriendo, si es que se trataba de clase a última hora, y revisar con cuidado el enunciado de todos los ejercicios ¡y todas las cifras que podían incluir!, para en su caso realizar una copia rápida de los mismos.  ¡Que buen invento el de la fotocopia, aún a costa del copyright….! Más de una vez descubrí tarde, por precipitación, dejadez o exceso de confianza, el haber trabajado el día anterior en balde….. ¡los ejercicios que yo traía resueltos no se parecían ni por el forro, con los que había que realizar! Algunas otras veces el trabajo lo llevaba adelantado, pues el único cambio que el autor había introducido en ellos se limitaba a reordenar los ejercicios. En estos casos, el único trabajo perdido era el de haber realizado la “copia a mano”, pero su resolución ¡ya la tenía!. De todas maneras, supongo que en caso de ser una operación repetida en varios capítulos, pronto descubriríamos la “treta del autor”…

Pero no todo eran inconvenientes y dificultades…., la herencia también proporcionaba beneficios. A veces (generalmente pocas) contábamos con el apoyo inestimable de la mayor ciencia del hermano mayor, que nos trasmitía sus experiencias… “eso cae” ¡Artículo de fe, había que estudiárselo bien!, o nos aprovechábamos de su “haber pasado por eso”, cuando investigábamos con espíritu de grafólogo (o de boticario antiguo, que podían hasta descifrar las recetas “encriptadas” de los médicos) las notas tomadas por nuestro hermano “a vuela pluma” en cualquier esquina o margen, e intentábamos descubrir la necesidad e importancia de tal apunte….., y detectábamos esa conexión no suficientemente bien explicada en el libro, con la que se pasaba de una fórmula a otra…..

Sin embargo el mejor “éxito” de cualquier hermano menor que se preciase de tal, consistía en localizar el cuaderno de ejercicios del hermano mayor (en el que se recogían, para todo el curso, los ejercicios resueltos, los errores más frecuentes “ya corregidos”, y demás “tesoros” de precio incalculable). Operación ésta, la del “descubrimiento” (y recuperación del cuaderno) no siempre sencilla y exenta de riesgos, pues los padres (que, como refleja el dicho, han sido “cocineros antes que frailes”), al detectar una pausa prolongada u holganza a la hora de “hacer deberes”, revisaban, con intuición y profesionalidad de CSI, la mesa de trabajo del desprevenido hijo menor a la caza del susodicho cuaderno, con perjudiciales consecuencias para el interfecto.
En mi caso, como supongo hubo reincidencias, la solución adoptada en casa fue (injusta a todas luces, pero eficaz a la hora de que, con el propio esfuerzo y habilidad, lograra llegar a ser un hombre de provecho, cosa que no se si consiguieron completamente), la confiscación preventiva de todo material susceptible de ser aprovechado eficazmente por el siguiente hijo…, en este caso “Yo”. Con mi hermana no hubo necesidad, pues era niña, iba a otro colegio –el Ramiro seguía siendo solo de chicos-, y además al haber pasado otros 3 años, ya no había nada medianamente aprovechable…..

Otras veces, el hallazgo ¡importante! se refería a “algo” que normalmente se encontraba escondido entre las páginas menos manoseadas, (las últimas del libro, por lo general) y que podía tratarse de algún papel olvidado, con anotaciones personales comprometidas, (tales como el nombre repetido de alguna chica próximo al dibujo de corazones ensartados por las flechas de Cupido, u otras bobadas similares), con los que creíamos haber descubierto sus más íntimos secretos….. ¡Vana creencia, pues el contenido de aquel papel seguro hacía tiempo que había dejado de tener valor extorsionador…!. De todas maneras los hermanos mayores habrían desarrollado, tras algún intento fallido al respecto, una habilidad especial y revisarían minuciosamente los libros al terminar los cursos….

Paso ahora a contaros algo, que supongo algunos también recordaréis. Fue con motivo del cambio de orientación en la asignatura de F.E.N. (no tengo que aclarar que esas siglas respondían a Formación del Espíritu Nacional, ¿verdad?), cuando de áridos textos de “puro adoctrinamiento” del régimen imperante, cambiaron a libros en que el intento de aleccionamiento se realizaba en base a comentarios de textos. Pues bien, unos cuantos compañeros (todos con hermanos mayores) entre los que me encontraba, conseguimos “continuar con el plan antiguo”, es decir, seguir con los libros de nuestros hermanos mayores, y tragarnos los Principios del movimiento y la importancia de los sindicatos verticales…., me imagino que con gran contento de nuestros profesores de F.E.N., sobre todos los más “fachas”….

Acabo comentando, que había un elemento heredado, que se encontraba en el interior de un libro y que los que teníamos hermanos mayores, lo heredábamos, en sucesivas generaciones, (por mucha prole que hubiera en una familia) siempre impoluto, casi virgen de manchas, subrayados y otros aditamentos. Se trataba, como bien os habéis podido imaginar, del ya citado en alguna otra ocasión, “programa”, del que siempre recuerdo el de la asignatura de Religión, que acompañaba al libro de Monseñor Gabino, y que éste, al comienzo de cada curso, amable y pertinazmente, nos invitaba a comprar, indicando junto al título del libro, el esperado  “…. de Gabino López Morán, ¡con programa!”.

Vicente (nuestro Ramos, ¿quién si no?), a raíz de una consulta privada que le hice respecto al tema de la herencia, me indicó que no solo heredaba los libros, sino también la ropa, pero ese es otro tema. ¡Quede para mejor ocasión!

viernes, 22 de junio de 2012

Conseguir algo que leer, en tiempos del Ramiro


Las economías familiares no muy boyantes, y la necesidad de administrar con perfil “conservador” el siempre escaso “estipendio” que recibíamos de vez en cuando (podíamos contar que cayese “algo” con carácter casi fijo con ocasión de Reyes y cumpleaños, santos y otras festividades, y ocasionalmente, en caso de visitas de familiares), nos obligaba a una vez leídos (y releídos) los TBOs y novelas  que teníamos en casa, cambiarlos por otros.

Esta operación podía consistir, en un mero trueque (a la par) con algún vecino o compañero, variante ésta que quedaba agotada al poco (dada la escasez de “material”, el número de posibles cambios era ciertamente limitado).

Ante esta oportunidad de negocio surgieron “emprendedores” que, instalados en un pequeño cuchitril, y una, más o menos abundante, dotación de TBOs, revistas, novelas y libros, ponía un negocio basado tanto en la avidez de lectura de sus clientes y posibles usuarios, como en su minusvalía en términos económicos. Y en estrecha colaboración con mi vecino, también ansioso de lecturas, fuimos de esos usuarios. No se si llegamos a ser clientes preferentes, pero los dos juntos actuábamos con una “calculada estrategia”, leíamos más y así nos ahorrábamos algo. Hacíamos “sociedad” y una vez realizado un cambio, aprovechábamos para leer los dos el nuevo libro….

Recuerdo que en la pequeña y oscura tiendecica de la calle Abtao, casi esquina a Cabanilles, nuestro “suministrador”, disponía su material en mesas, aprovechando su reducido espacio o sobre el mostrador, convenientemente “etiquetadas” con mano temblorosa:
  •       TBOs, -en sus diversas variantes-,
  •         Novelas de amor –despreciadas por la chiquillería-,
  •         Revistas –tampoco buscadas por los chavales-,
  •         Novelas de tiros o de aventuras o policiacas o de misterio de formato similar a las colecciones de bolsillo de hoy en día –más cercanas a nuestros gustos-,
  •         Libros de pastas duras –que aunque siempre apetecibles, generalmente quedaban lejos de nuestras posibilidades de cambio, como explicaré más adelante-, y
  •         otro Material reservado que situado más allá del mostrador, a los canijos no nos era posible ni examinar, y que cada uno se imagine lo que quiera….
Sobre estas mesas a su vez se disponían los elementos en cajoneras, en las que la clasificación era por el estado de conservación del material, según una escala difícil de definir, pero que iría desde el “nuevo” (elemento completo, es decir con todas sus páginas, leído pero en buen estado), al “astroso” (equivalente a algo de apariencia mugrienta, fruto de haber pasado por cientos, si no miles de manos, con la portada recortada en las esquinas, o incluso arrancada y unida posteriormente con un papel adhesivo, y que no era raro podía adolecer de la falta de alguna página interior), pasando por varios niveles intermedios.

Los que no hayan conocido en vivo estos establecimientos, es bastante ilustrativo darse una vuelta por los puestos y tenderetes de la cuesta de Moyano, y con un poco de imaginación, se podrán hacer una idea de lo que en esta descripción no he conseguido detallar.

Lo que no he dicho es que para poder ser “cliente” de una de estas tiendas de trueque, únicamente se requerían dos cosas: llevar un ejemplar (libro, revista, TBO,…) del que quisieras desprenderte, y disponer en efectivo (en el bolsillo, claro) de la “tasa” establecida para poder realizar el cambio. La tarifas, lamentablemente no las recuerdo, pero debían ser asequibles a la depauperada economía infantil. Alfonso, con su buena memoria menciona 50 cts. para cambiar un libro, lo acepto por ser la mejor información disponible, pero me imagino que el importe debería ser variable en función del material e incluso de su estado.

¿Cómo se procedía? Lo primero era presentar “tu” ejemplar de TBO o novela, al tendero. Este evaluaba tanto su estado externo e interior, como su posible interés para otros usuarios, y con un gesto displicente te señalaba mesa y cajonera en la que podías “bucear” en un intento, a veces infructuoso, de localizar algo que te interesase y que no hubieras leído con anterioridad.
Si lo encontrabas, la cosa era sencilla, volvías al mostrador con el hallazgo en la mano y abonabas la tasa establecida para una operación digamos “normal” y ¡ya tenías lectura!.
Pero si no lo encontrabas, el tendero, no siempre, (me imagino que dependía de su intuición, en función de la “calidad e interés” del ejemplar que aportabas a esa especie de biblioteca de barrio) podía ofrecerte otras alternativas, como la ir “a mejor” (para seleccionar material en mejor estado, y por supuesto la transacción resultaba más cara), o “descender en la escala de la mugre” lo que, aunque aparentemente supusiera un ahorro inmediato, inevitablemente conducía a un descenso de posibilidades en el siguiente cambio.

De vez en cuando se producían discrepancias con la “tasación inicial” del tendero, a lo que nuestra respuesta, en legítima defensa de nuestros intereses, era argumentar que el material había sido obtenido “allí mismo” en un trueque anterior, y había salido de “ese cajón”, y no del que ahora se nos ofrecía. No siempre resultábamos atendidos…

Lo de cambiar libros era más problemático, al menos para mí, pues por no se qué artículo familiar de régimen interno, los libros que disponíamos en casa, recibidos generalmente por Reyes, se consideraban de propiedad compartida entre los hermanos, o de uso comunitario (aunque pudiesen haber sido regalados en exclusiva a uno de los miembros). Por tanto quedaban depositados en una estantería común, en el cuarto de estar, y en caso de desaparición, rápidamente alguien descubriría su falta. Además era lógico no quisiéramos desprendernos de los “valiosos e interesantes” libros de Julio Verne o Emilio Salgari. Y no estoy seguro que el avispado tendero hubiera querido admitir otro ejemplar más del Ivanhoe, o alguna de las numerosas biografías edificantes, que nuestras bienintencionadas tías nos regalaban por Reyes (a saber Hernán Cortés, Pizarro, Cristóbal Colón y demás seres admirables, en el mejor de los casos).